Antonio Cortés Terzi
Lo que más atenta contra la seriedad del debate son las miradas inmediatistas y empiristas con las que se analiza el sistema vigente y la escasa presencia, en esas miradas, de principios proyectivos del deber ser de la democracia, en tanto orden “moral superior” y en tanto orden políticamente eficiente.
El cambio de sistema electoral es un asunto harto serio porque alude, ni más ni menos, que a la calidad, eficacia y estabilidad democrática futura, ergo, a las perspectivas de progreso del país. Huelga decir que esa seriedad no se condice con las expresiones de corporativismos parlamentarios ni tampoco con las argumentaciones falaces –casi ingenuas- que esgrimen sectores de la derecha en defensa del actual sistema.
Pero lo que más atenta contra la seriedad del debate son las miradas inmediatistas y empiristas con las que se analiza el sistema vigente y la escasa presencia, en esas miradas, de principios proyectivos del deber ser de la democracia, en tanto orden “moral superior” y en tanto orden políticamente eficiente.
La observación puramente empírica e inmediatista ha hecho que el sistema binominal gane adeptos entre sus contradictores de ayer o, al menos, que haya neutralizado a algunos de ellos y, sobre todo, ha logrado que la discusión se “desdramatice” y que las divergencias aparezcan ante la luz pública como poco relevantes.
Sin embargo, si el tema se trata atendiendo a valores y principios democráticos y si se incorporan a la discusión hipótesis proyectivas que den cuenta no sólo de lo que ha pasado con el sistema binominal sino de lo pudiera pasar, entonces el asunto retoma su seriedad y dramatismo.
Hasta los otrora más acérrimos críticos del sistema binominal evitan ahora calificarlo de “anti-democrático”, pero lo cierto es que es un sistema que no tiene resguardos contra situaciones anti-democráticas que su propio funcionamiento puede desencadenar.
Nadie podría desconocer, por ejemplo, como situación antidemocrática que una mayoría electoral sea minoría dentro del parlamento. Pues bien, eso puede ocurrir y, muy fácilmente, con el sistema binominal. Bastan dos condiciones: que una fuerza obtenga poco más del 33% de los votos en todos los distritos y que en uno solo duplique a su adversario. Es decir, una fuerza política con menos del 40% de sufragio nacional puede ser mayoría en la Cámara o en el Senado o en ambos. En consecuencia, el sistema binominal no resguarda el “sagrado” principio democrático de que las mayorías se representan como tal.
Pero hay otra situación hipotética que dice relación también con otro principio democrático igualmente “sagrado”, a saber, el derecho de las minorías a tener representantes en los órganos parlamentarios. Eso no lo garantiza per se el sistema binominal. Hipotéticamente posibilita que una mayoría ocupe todos o casi todos los escaños parlamentarios y reduzca a la minoría a una representación simbólica.
Es cierto que esa es una situación de difícil ocurrencia. Pero los sistemas no se hacen ni se basan en cálculos probabilísticos. Se basan en la adopción de mecánicas que aseguren a todo evento la realización de los principios y objetivos trazados.
Por otra parte, la violación del derecho de las minorías a tener representación está aconteciendo de hecho hoy con el actual sistema. Si se toma un distrito o una circunscripción como una comunidad democrática en sí, entonces, en aquellos lugares donde se produce doblaje las minorías de esa comunidad perdieron el derecho a representación.
Si a lo anterior se le agregan las reiteradas críticas en cuanto a que el binominal es un sistema que tiende a exclusiones no sólo políticas sino también sociales y generacionales, el cuadro que ofrece pudiera ser hasta alarmante en perspectiva futura. En primer lugar, porque –como se dijo- puede conducir a una radical crisis de representación del parlamento, puesto que el sistema deja opciones para que una minoría electoral sea mayoría parlamentaría o, a la inversa, para que una minoría electoral significativa virtualmente no tenga representación parlamentaria.
En segundo lugar, porque es un sistema que tiende a reproducir casi coactivamente el esquema de partidos y de alianzas que se configuraron en Chile a la luz de un período histórico excepcional, de suerte que impide u obstaculiza los reordenamientos de fuerzas políticas que sugiere un estadio histórico nuevo y distinto.
Y en tercer lugar, porque es un sistema obstructivo para la representación de nuevas fuerzas políticas y/o generaciones políticas, lo que contradice las previsibles dinámicas que asumirá la esfera política merced a los efectos que en ella están y seguirán produciendo los cambios modernizadores.
En definitiva, las razones claves que demandan el cambio del sistema electoral se encuentran, en el fondo, dentro del conjunto de adecuaciones que requiere la política para ponerse al nivel de modernidad estructural y sociocultural que ha alcanzado el país.
Atenta y cordialmente:
Dr. Edgardo Condeza Vaccaro
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